Lina Ravines, una vida de transformaciones entre telones y escenarios

Texto: Jordana González

El telón ha sido abierto. Se vislumbra el escenario con fondo negro. Las luces blancas apuntan sus destellos hacia el lado derecho, alumbran con luz tenue telas colgar de un perchero de madera, en espera de ser usados. Del lado opuesto, seis personas se encuentran sentadas en espera de la tercera llamada para dar inicio al jugueteo del zapateado, el braceo, el movimiento corporal de Andreita.

La bailaora evoca a la niña que pasaba las tardes en casa de la abuela materna, al sur de la Ciudad de México durante el siglo XX: una princesa “gentil” y “traviesa”, según la letra del cante y su propia experiencia. 

Entre el toque de la guitarra, las palmas y el canto salido de la voz de su mamá, Andrea Ramos, Lina Ravines Ramos –como es conocida fuera de su círculo más cercano y cómo artista– muestra al público a una pequeña que, si bien vivió su infancia con muchos juegos y en compañía de sus primos, también se educó bajo el yugo de su abuela, mientras su madre trabajaba para mantenerla a ella y a su hermano, Andrés.

El segundo ritmo elegido para el número de su puesta en escena “Quimera”, fue por tangos: un compás por cuatro que se presta al juego, según Lina. Éstos dan cuenta de la Andrea traviesa y rebelde que fue. Rememora la vez que recibió un castigo de su abuela, quien la sentó en un banquito frente a un portón con mosaicos de fibra de vidrio amarillentos, con el fin de que cuando pasara la luz del atardecer, su calidez incomodara a la niña reprendida.

A mí me valía el castigo. Me paraba y me largaba, según una prima

LINA RAVINES
FOTO: ANA ROSA FERNÁNDEZ

Con un ensamble amarillo encima de un vestido beige y luces cayendo del techo del Teatro “Salvador Novo” -en el Centro Nacional de las Artes- pareciera recrearse el reflejo del sol vespertino que reflejaba aquél portón de fibra de cristal ubicado en la entrada principal de la casa, donde con frecuencia escuchaba que “no era fea”, como lo afirmaban sus compañeras en los primeros años escolares, sino que era “especial porque Dios la había hecho así”. Ésa era la forma en la que su abuela la consolaba:  “los niños me tenían envidia”, decía. 

 Y es que, según recuerda, desde el primer año de primaria fue vista como alguien que no cumplía con los estándares de belleza que una mujer debía tener. Tan sólo por tener la cara “manchada”, no podía ser bonita (el requisito más importante para cumplir con la feminidad). Palabras que realmente creyó porque, además, solían decirle “que nunca iba a tener novio y nunca me iba a casar”. 

Sus compañeras y compañeros la descalificaban por sus pecas, que no eran tan marcadas como las de sus compañeros varones. “Ahí empecé a entender la cuestión de la diferencia entre ser hombre y ser mujer”, enfatiza la también psicóloga, especialista en violencia de género.

Esto la hizo perder el interés en el trato hacia los niños. A partir de entonces, se volvió “más ruda”, fuerte para salir adelante. Pero, el cambio de comportamiento, no cesó los malos tratos, después “me jodían por ser como niño: era ruda como niño. Si un niño se ponía pesado, yo le pegaba. Si mis compañeras se ponían de ‘princesas’ los niños las fregaban y yo las defendía”. 

Fue hasta la adolescencia cuando, gracias al afecto de la matriarca de la familia y de su madre, Lina Ravines aprendió a valorarse. Dejó a un lado los estereotipos que habían marcado su paso por la primaria, ubicada en el entonces Distrito Federal. Llegado el tiempo de cursar el nivel secundaria, aún sin tener una relación sana con sus compañeras mujeres, se supo “bonita”, especial como lo dicho por su abuela. 

Ahora, su familia y ella trasladaron sus vidas al municipio de Toluca, en el Estado de México, como consecuencia del temblor de 1985 que dejó inhabitable su hogar en la capital del país. La diferencia geográfica y fenotípica se hizo evidente en ella, respecto de las niñas toluqueñas. En su nuevo hogar, las pecas en su rostro no importaron: ahí destacaba. Los niños comenzaron a acercarse a ella; los pretendientes llegaron. Pero, ella ejercía poder sobre ellos porque “me gustaba provocar: me gustaba mucho que los niños me vieran y yo no los pelaba. Lo cual me dio mucha seguridad. Y peor se me aventaban las niñas encima”. 

Esas enseñanzas se escuchan en la letra del cante dedicado a ella misma: “Tangos para Andreita”, un poema aflamencado del poeta Rubén Dario, el cual era leído por su madre antes de dormir:

Andreita está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azhar; tu acento. Te voy a contar un cuento: Una reina tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes, un kiosko de malaquita, un gran manto de tisú y una gentil princesita, tan bonita mi Andreita, tan bonita. Ay, tan bonita Andreita, ay tan bonita ella. A Andreita le gusta bailar, también le gusta cantar

ANDREA RAMOS

Aunque su madre fue ausente físicamente, no así en lo emocional, ya que “en lo afectivo siempre estaba: nos contaba cuentos en la noche, nos cantaba canciones, tocaba la guitarra, platicaba con nosotros lo que sea. Entonces, realmente no se sentía que no estuviera porque siempre se enteró de lo que haciamos. Estaba al pendiente” de sus dos luceros. 

Además, la educación recibida por Andrea Ramos hizo que “la Ravi” no fuese la típica mujer estereotipada con aires de delicadeza y sumisión. Ella fue educada para ser independiente y hacer lo que se propusiera. Desde muy pequeña contó con su apoyo al mostrar interés en danzas polinesias, hawaianas y folclore mexicano; como consecuencia de la influencia de dos de sus tías, quienes practicaban este tipo de danzas.

¡Porque lo digo yo!

FOTO: ESPECIAL

Lina dejó a la niña juguetona y rebelde en el escenario; cambió su ensamble amarillo por uno rojo -símbolo de la rabia-; porta el mismo vestido beige que representa quien realmente es porque, pese que forma parte de su vestuario, los vestidos son el único disfraz empleado en la puesta en escena. 

Con este cambio de color presenta su etapa adolescente al ritmo de una farruca flamenca: un número “berrinchoso, de mucho enojo y que [da a entender que] ´el mundo me odia”. Y es que, fue en ese entonces cuando su mundo “se detuvo”; el hombre con quien decidió vivir su madre continuó con los abusos sexuales, presentes desde los 9 años. 

La relación con su padrastro siempre fue de constante conflicto, “muy, muy mala”, ya que, enfatiza, le caía mal porque según él “siempre se salía con la suya”, pero mi mamá así me educó, para ser independiente. “Cuando cumplí nueve años, este hombre comenzó a abusar de mí. Lo hizo siete veces”. 

Lina lo recuerda como un hombre “con un estatus socio-económico, cultural y educativo muchísimo muy bajo que el que mi mamá tiene. Es un hombre con cero educación, con cero clase, con cero conciencia cívica: nada. Es un hombre corriente, vulgar, de malos gustos, de todo”.

Fue hasta que comentó los abusos con su mamá y dejó de hacerlo, cuenta. Ravines, dice que tiempo después se enteró que quien la crió amenazó al agresor de su hija: Le dijo que si la volvía a tocar “le cortaba el pene”. Sin embargo, el hombre no se fue de sus vidas hasta que la adolescente cumplió 16 años, su mamá madre decidió cortar la relación.

La psicóloga clínica egresada de la máxima casa de estudios del país reconoce que el tiempo en el que su padrastro continuó la relación con su madre le causó mucho enojo, lo que resultó en reclamos durante muchos años. No obstante, ahora como especialista en atención a casos de violencia sexual, dice entender lo difícil que puede ser para una mujer educada a la antigua “y que iba en contra de toda su educación tradicional, soltar a un hombre”. 

Ante ese dolor, la letra cantada por Andrea Ramos, en el debut de Lina Ravines. Compañía flamenca fue: 

Si yo le pregunto al mundo, el mundo me ha de engañar. Cada cual cree que no cambia y que cambian los demás. Y paso las madrugadas buscando un rayo de luz. Por qué la noche es tan larga. Guitarra, dímelo tú

Andrea ramos

FOTO: CENART

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